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[es] [slave-male] [cock-ball-torture] Esclavo de mi Laura y el Amo Vargas

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Todo comenzó hace unos meses, cuando perdí mi empleo en la empresa donde había trabajado durante más de ocho años. Al principio, pensé que sería algo temporal. Enviaba currículos todos los días, acudía a entrevistas que nunca prosperaban y volvía a casa con las manos vacías. Los ahorros que teníamos se fueron consumiendo poco a poco. Al final, solo quedaba el sueldo de mi mujer, Laura, que trabajaba como asistente ejecutiva en una gran compañía.

Llegábamos justos a fin de mes, pero aún manteníamos la dignidad. Laura empezó a cambiar. Al principio eran comentarios sutiles:
– ¿Otra vez sin noticias? Deberías esforzarte más. – Luego se volvieron más directos. – Eres un vago que no quiere trabajar de verdad. Yo me levanto temprano y vuelvo exhausta, ¿y tú qué haces? – Dejó de tocarme en la cama. Cuando intentaba acercarme, se apartaba con un suspiro de cansancio. – No tengo ganas. Además, ¿cómo voy a sentir deseo por alguien que no contribuye? – Me asignó las tareas de la casa. – Tú te encargas de todo aquí. Limpieza, comida, lavado. Yo vengo muy cansada.

Obedecí. Lavaba, planchaba, cocinaba y mantenía el piso impecable, pero cada noche ella llegaba, cenaba en silencio y se iba a la habitación sin apenas dirigirme la palabra. Me sentía invisible, inútil. Y, sin embargo, una extraña sensación de sumisión comenzaba a crecer dentro de mí.

Una tarde, cuando llegó del trabajo, se sentó en el sofá con una expresión decidida.
– Han cambiado muchas cosas – dijo sin preámbulos. – Mi jefe, el señor Vargas, se ha hecho cargo de todo. De las deudas, de la hipoteca, de nuestros gastos. A partir de ahora, él es nuestro dueño. Esta noche vendrá a casa para hablar contigo y establecer las normas. Si te interesa quedarte y aceptar, bien. Si no, puedes irte ahora mismo. Pero ambos sabemos que no tienes adónde ir.

Me quedé helado. Quise protestar, pero la vergüenza y el miedo me paralizaron. No tenía dinero, ni familia cercana que pudiera acogerme. Bajé la mirada y asentí.

Esa noche, el señor Vargas llegó. Era un hombre alto, de unos cincuenta años, imponente, con traje caro y una seguridad que llenaba la habitación. Laura lo recibió con una sonrisa que hacía meses que no me dedicaba a mí. Me ordenaron sentarme en una silla baja mientras ellos ocupaban el sofá.
– Tu mujer me ha contado todo – dijo Vargas con voz calmada pero firme. – Eres un hombre que ha fallado en su rol principal: proveer. Ahora yo proveeré. Tú servirás. Vivirás aquí, pero bajo mis reglas. Serás el sirviente de esta casa y de Laura. Yo decidiré cómo se usa tu tiempo, tu cuerpo y tu mente. ¿Entiendes?
– Sí… señor – murmuré, sintiendo cómo mi rostro ardía de humillación. Laura sonrió satisfecha.
– Bien. Empezamos mañana.

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El nuevo día a día de mi vida se transformó por completo. Me levanto a las seis de la mañana, antes que nadie. Preparo el desayuno para Laura y para el señor Vargas (quien muchas noches se queda). Sirvo el café exactamente como a él le gusta: negro, sin azúcar, en la taza de porcelana que solo él usa.

Mientras ellos desayunan juntos en la mesa, yo como de pie en la cocina, en un plato más pequeño. A menudo, Laura comenta en voz alta:
– Fíjate cómo se mueve ahora, más diligente que nunca. Antes era un peso muerto. Ahora al menos sirve para algo.

Después de que se vayan (ella a la oficina con él), limpio toda la casa. Lavo las sábanas de la cama principal (donde ahora duermen ellos) y las huelo en secreto, sintiendo una mezcla de celos y excitación prohibida.

Vargas ha instalado cámaras en varias habitaciones. Eso forma parte de la humillación psicológica: saber que estoy siendo observado constantemente. En mi cuarto deservicio ha instalado un monitor donde permanentemente a todo color sale la imagen de lo que ocurre en el dormitorio principal es su forma de hacerme saber quién es el Sr. de la casa.

A media mañana recibo instrucciones por mensaje. „Prepara la cena para dos. Usa el delantal blanco que te dejé.” El delantal es ridículo, corto, femenino. Me lo pongo y cocino. A veces me obliga a llevar un pequeño plug anal durante todo el día, „para que recuerdes tu lugar en todo momento” según sus palabras.

Cuando Laura regresa (a menudo acompañada de Vargas), me arrodillo en la entrada para recibirlos. Les quito los zapatos, les sirvo una copa de vino y espero instrucciones. La humillación verbal es constante, pero elegante, cortante:
– Mi amor – le dice ella a él delante de mí – ¿Ves cómo se arrodilla? Antes era mi marido. Ahora es solo un accesorio útil. Un cornudo dedicado. Vargas asiente y me mira con condescendencia.
– Has aceptado tu inferioridad. Eso es bueno. Los hombres como tú solo encuentran paz cuando dejan de fingir que son iguales.

Por las tardes, mientras ellos se relajan en el salón, yo limpio, plancho o masajeo los pies de Laura. A veces Vargas me ordena que me quede de rodillas en un rincón, mirando cómo él acaricia a mi mujer. No me permiten tocarme. La frustración sexual es parte del control. Llevo meses sin tener un orgasmo permitido.

 

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Laura me dice suavemente, casi con cariño falso:
– Tu placer ya no importa. Tu placer ahora es verme feliz. Ver cómo un hombre de verdad me da lo que tú nunca pudiste.

Las noches son el momento cumbre de la humillación psicológica…

Me ordenan preparar la habitación: velas, música suave, toallas calientes. Luego espero en mi cuarto, escuchando a través de la pared (o viendo por las cámaras) cómo Vargas toma a Laura con una pasión que yo nunca logré despertar en ella. Los gemidos de mi mujer llenan la casa. Después, me llaman.
– Ven a limpiar – ordena Laura. Entro de rodillas, con una toalla húmeda, y limpio los restos de su encuentro en el cuerpo de ambos. Mientras lo hago, Laura me acaricia el pelo como a un perro. – Eres tan bueno en esto… ¿Ves? Este es tu verdadero talento. Servir. Aceptar que yo merezco más. Que merezco a alguien como él.

A veces me hacen mirar desde una silla al lado de la cama. No puedo tocarme. Solo observar cómo mi mujer se entrega completamente, cómo lo llama „mi dueño” cómo le dice que nunca había sentido tanto placer. Cada palabra se clava en mi mente como un clavo. La humillación es profunda: no solo sexual, sino existencial. Me recuerdan constantemente que soy inferior económica, física, sexual y emocionalmente. Los fines de semana son aún más intensos. Vargas organiza „veladas”. A veces invita a algún amigo de confianza (nunca más de uno). Yo sirvo bebidas, preparo aperitivos y permanezco en segundo plano. Laura, vestida elegantemente, se sienta en el regazo de su dueño mientras yo limpio el suelo a sus pies. Los comentarios son devastadores pero educados:
– Fíjate qué bien educado está ahora. Antes discutía todo. Ahora solo obedece. Es liberador, ¿verdad?

Me han quitado el derecho a llamarla „mi mujer”. Ahora es „Señora Laura”. A Vargas le llamo „Amo” o „Señor Vargas”.

Duermo en un colchón en el suelo de la habitación de servicio. Algunas noches, si han quedado especialmente satisfechos, me permiten dormir al pie de su cama, como un perro guardián. Los domingos por la mañana me hacen leer en voz alta un „diario de gratitud” que debo escribir cada día:
– Estoy agradecido por poder servir a la Señora Laura y al Amo Vargas. Agradezco que me hayan mostrado mi verdadero lugar. Agradezco no tener que fingir ser un hombre fuerte cuando soy débil. – Cada frase refuerza mi nueva identidad.

La humillación psicológica es constante y sutil: me recuerdan que dependo completamente de ellos. Si me porto bien, recibo pequeñas recompensas: una caricia en la cabeza, permiso para oler la ropa interior de Laura, o incluso (muy raramente) permiso para correrme mientras lamo sus pies.

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Han pasado meses desde aquel día. Ya no recuerdo cómo era mi vida anterior. Mi mente se ha adaptado. La excitación viene de la sumisión, del saber que soy útil solo como esclavo cornudo. Laura parece más radiante que nunca. Vargas controla nuestras finanzas, nuestras decisiones, nuestras vidas. Y yo… yo he encontrado una extraña paz en esta humillación diaria. En despertar cada mañana sabiendo que mi propósito es servir, obedecer y aceptar que nunca volveré a ser su igual.
– Buen chico – me dice Laura cada noche antes de cerrar la puerta de su habitación, dejándome fuera. Y yo, de rodillas en el pasillo, susurro:
– Gracias, Señora.

Cada mañana, después de preparar el desayuno y servirlo de rodillas, Laura me somete a la primera sesión de corrección. Me hace arrodillar en el centro del salón, desnudo salvo por el delantal corto y ridículo que ahora es mi uniforme. Lleva en la mano su fusta negra, delgada y flexible, un regalo del señor Vargas.
– Postura correcta – ordena con voz calmada pero firme.

Debo mantener la espalda recta, las manos detrás de la nuca y la mirada baja. Si tiemblo, si me encorvo o si mi erección (casi permanente por la frustración) se mueve sin permiso, la fusta corta el aire. ¡Zas. Zas. Zas! Tres golpes secos en los muslos, las nalgas o la espalda. Nunca demasiado fuertes al principio, pero sí precisos. El escozor queda marcado en la piel y, sobre todo, en mi mente.
– Mírate – susurra Laura mientras pasea a mi alrededor. – Antes eras un hombre que se suponía que debía protegerme y mantenerme. Ahora tiemblas con solo ver mi fusta. ¿No te parece patético? Respóndeme.
– Sí, Señora… es patético – contesto, y ella recompensa mi humildad con una ligera caricia en el pelo antes de continuar.

Las bofetadas de Laura forman parte del ritual matutino…

Me agarra del mentón, me obliga a mirarla a los ojos y me da varias cachetadas firmes, medidas, que hacen que me arda la cara. No son golpes de rabia; son golpes educativos.
– Cada bofetada es para recordarte tu nuevo lugar – dice con suavidad. – No mereces mirarme como un igual. Mereces bajar la vista y agradecer que aún te permita estar bajo nuestro techo.

A veces combina las bofetadas con golpes en los testículos. Me ordena separar las rodillas y quedarse expuesto. Con la palma abierta o con el dorso de la mano, golpea mis huevos con golpes secos y controlados. El dolor es agudo, profundo, me dobla hacia adelante, pero ella me obliga a mantener la postura.

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– Respira. Acéptalo. Este dolor es tu recordatorio diario de que tu placer ya no te pertenece. Tu cuerpo es nuestro instrumento. – Después de cada golpe, debo agradecerlo en voz alta:
– Gracias, Señora, por corregirme. Gracias por recordarme que soy inferior.

Laura puede aparecer en cualquier momento para comprobar mi trabajo mientras limpio la casa. Si encuentra una mota de polvo, una arruga en la ropa planchada o simplemente porque le apetece, me hace interrumpir la tarea y ponerme en posición.

A veces me ata las manos a la espalda y me obliga a continuar limpiando con la boca o con movimientos torpes, mientras ella, sentada en el sofá, usa la fusta en mis nalgas cada vez que me ve dudar. El sonido del cuero contra la piel se mezcla con sus palabras:
– Fíjate cómo te excitas con esto. Eres un cornudo masoquista. Yo, tu propia mujer, te estoy adiestrando como a un animalito doméstico, y tú goteas solo por sentirte humillado.

Por las tardes, antes de que llegue el señor Vargas, realiza sesiones más intensas. Me hace colocar en cuatro patas sobre la alfombra. Usa la fusta para marcarme las nalgas y los muslos con líneas rojas que llevaré todo el día como recordatorio. Los golpes en los testículos se vuelven más frecuentes cuando quiere „vaciarme la mente”.
– Cuando te duelen los huevos, dejas de pensar tonterías – dice mientras me golpea rítmicamente. – Solo piensas en servir. Solo piensas en mí y en el Amo.

Después de cada sesión de dolor físico, viene la parte más poderosa: la humillación psicológica. Me obliga a mirarme en un espejo de cuerpo entero mientras todavía siento el ardor en la piel y el palpitar en los testículos.
– Mírate – susurra cerca de mi oído. – Este es el hombre que yo tenía. Un inútil que perdió su trabajo, que no podía satisfacerme, que ahora se excita recibiendo golpes de su propia mujer. Repite conmigo: „Soy un esclavo cornudo y merezco esta corrección”.
– Soy un esclavo cornudo y merezco esta corrección, Señora.

 

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A veces, mientras el señor Vargas está en la casa, Laura me adiestra delante de él. Eso multiplica la vergüenza. Me hace arrodillar entre ambos, recibir la fusta de ella y luego besar los zapatos de él como agradecimiento. Vargas observa con una sonrisa tranquila y comenta:
– Bien hecho, Laura. Lo estás moldeando perfectamente. Ya casi no queda rastro del marido que eras.

Por las noches, después de preparar la habitación para ellos y limpiar tras su encuentro, Laura a menudo me somete a una última sesión. Me hace tumbarme en el suelo al pie de la cama, con las piernas abiertas. Mientras ella, desnuda y aún sonrojada por el placer que le ha dado Vargas, me golpea suavemente los testículos con el pie o con la fusta, me obliga a confesar mis pensamientos más bajos.
– Dime cuánto te excita saber que él me folla mejor que tú nunca pudiste. Dime que agradeces que me haya quitado de ti.

Lo digo todo. Cada palabra humillante sale de mi boca entre jadeos de dolor y excitación negada. Laura sonríe, satisfecha, y a veces me permite lamer sus pies como recompensa por mi sinceridad.

– Estás progresando – me dice una noche, acariciándome la mejilla enrojecida después de una serie de bofetadas. – Cada golpe, cada marca de la fusta, te acerca más a tu verdadera naturaleza. Ya no eres mi marido. Eres nuestro esclavo adiestrado. Y te encanta.

Han pasado semanas de este régimen constante. Mi cuerpo lleva las marcas leves de la fusta, mi mente está completamente reconfigurada. Ya no imagino una vida diferente. Cuando Laura levanta la mano para darme una bofetada, instintivamente bajo la mirada y abro las piernas para ofrecerle mis testículos.

Cuando escucho el sonido de sus tacones acercándose, mi corazón se acelera de anticipación y miedo dulce. El señor Vargas está contento con mi progreso. Laura, mi dueña y adiestradora, parece más poderosa y radiante que nunca.

Y yo… yo he aprendido a encontrar paz en el dolor, en la humillación y en la certeza absoluta de que este es ahora mi lugar.

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– Gracias, Señora – susurro cada noche, arrodillado fuera de su habitación, con el cuerpo dolorido y la mente serena. – Gracias por adiestrarme.

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