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[es] ¿Quieres penetrarme por mi culito?

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Sin duda alguna, aquel hombre que por primera vez recibe el “si” de una mujer para penetrarle por el culito, aun cuando haya leído y estudiado “teóricamente” el cómo hacerlo, la excitación y exaltación mayúsculas le traicionaran; si, en “ese momento” solo existe el deseo de ese placer prohibido y tan poco permitido por las mujeres; eso fue lo que viví y ahora les cuento.

Jess es una mujer ardiente, no es una mujer común y no me refiero a su físico, que sinceramente es casi perfecto, no, su originalidad radica en su forma de ser, abierta, directa, pero sin caer en la vulgaridad, es selecta, elegante, fina si se lo propone y su juventud le convierte en una mezcla explosiva que solo unos cuantos hemos podido aceptar.

Francamente, no sé cómo ella se fijó en mí. Yo, soy un hombre común, me gustan las mujeres, y mi vicio es el placer, quizá, solo quizá eso haya sido lo que nos unió, la respuesta solo ella la sabe, porque al final ella es mujer y como tal la complejidad es su esencia.

Pero les cuento “esa primera vez por el culito”: Jess y yo, éramos en ese entonces amigos, con derechos (poco claros, por cierto) pero el sexo era placentero, ya comenzaban a mostrarse los indicios de gran placer que nos llevarían a vivir muchas cosas.

Pero me estoy perdiendo, disculpen si la emoción me gana y por momentos me adelanto, antes que otra cosa, déjenme describir físicamente a Jess, ella es de estatura media, 1.67 m. aproximadamente, tez blanca, ojos de un verde seductor, nariz delgada, mediana, ceja semi poblada y un lunar cerca del labio superior muy cerca de la comisura izquierda que acentuaba la sensualidad en su rostro, simplemente un rostro bello con una mirada sensual, muy cautivadora.

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Y ella lo sabe, es orgullosa de lo que una mirada suya con aire de ternura e indefensión provoca en cualquier hombre, de su cabello puedo decir que me sorprende, no entiendo como una mujer puede verse también como ella, ya sea de pelo corto, largo, ondulado, con trenzas tipo rastas, de color rubio, negro, caoba, en fin, cambiante y siempre bella.

Su cuerpo es perfecto, en verdad, lo primero que resalta son sus senos, siempre altivos, redondos; 36 D, una medida que de solo recordar me roba el aliento. Delgada, vientre plano, cadera marcada sin exagerar, y piernas delgadas pero firmes; en resumen y sin exagerar una bella mujer con un bello cuerpo y culito, sensual y seductora.

Todo comenzó un viernes por la tarde en que salimos a tomar un café, como siempre la charla amena y la coincidencia de pensamientos hizo que pasáramos un momento agradable. Después de caminar un rato ya por la tarde noche por el centro de la ciudad, le pedí que me acompañara a mi casa, así lo hicimos, subimos al auto y me dirigí a i casa, puse un poco de música soft y el ambiente comenzó a impregnarse de deseo y sensualidad.

La oscuridad de la noche intensificó el ambiente, sus miradas sonrientes y de malicia empapadas en lujuria erotizaron cada parte de mi cuerpo, ella se limitaba a sonreírme y acercarse un poco más a mi mientras yo conducía.

Su mano izquierda comenzó a acariciar mi pierna mientras yo trataba de concentrarme en el camino sin dejar de disfrutar las caricias y roces de su mano cerca de mi entrepierna. Un semáforo y el alto total fueron mi consuelo, ella simplemente comenzó a rozar mi miembro. La tela era lo único que se interponía entre su mano y mi piel, entre sus uñas y mi ser.

Las personas en los demás autos a mi alrededor me impedían demostrar y acariciar abiertamente su cuerpo, solo tomé su rostro con mi mano y jugué lentamente con sus labios, recorriéndolos, sintiendo incluso como la sangre se agolpaba en ellos por la excitación que su corazón vivía.

[esn] ¿Quieres penetrarme por mi culito?

El camino fue largo, solo rogaba para mis adentros que en mi casa no estuvieran mis padres y para mi fortuna así fue, al llegar todo se encontraba a oscuras, entramos e hice lo que sabía a ella le excitaba, ignore lo que minutos ates ella había iniciado y como si no hubiese pasado nada le invite a pasar.

No me abalancé sobre ella, ya en la sala comencé a platicar sobre algunas cosas sin importancia y justo cuando ella pensó que mi excitación estaba olvidada, la tome fuertemente entre mis brazos y bese su cuello. Su rostro se encendió, sus manos tocaron mi espalda, intentaban arañarme, comencé a despojarle de sus ropas mientras ella también hacia lo mismo con las mías.

La respiración entrecortada de ambos y nuestras miradas de pasión nos invitaban a desnudarnos prontamente. Ella deseaba sentirme y yo deseaba sentirla, su última ropa, un bra de media copa y una tanga, ambas de color negro, me dejaron boquiabierto.

La respiración se me fue por un segundo, sus senos se mostraban exuberantes, su respiración les hacía verse con vida propia, como intentando salirse del sostén que les aprisionaba, les ayude, un broche en el frente hizo más intenso el salto de sus senos, sus pezones altivos y firmes me invitaron a probarles.

Pero me frené, a veces el placer es más intenso cuando lo deseado es prohibido y me prohibí al menos por unos segundos gozar de ellos.

Quise quitarle su tanga de su culito…

Pero un movimiento de ella, arrodillándose ante mí, hizo que no me moviera, sabía que ahora le tocaba a ella quitarme lo único que faltaba, el bóxer.

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Lentamente comenzó a quitármelo, resbalando el bóxer desde atrás desde mis nalgas, solo para que mi pene fuera lo último que detuviera al bóxer, además de que a ella le fascinaba ver mi pene siendo aprisionado por el bóxer solo para que el resorte lo jalara hacia abajo y la erección de mi pene al liberarse del resorte hiciera mover violentamente mi pene de arriba abajo como un resorte, esa sensualidad juguetona siempre me excito de ella.

Una vez que estuve desnudo ella se levantó sin tocarme y volteándose se quitó lentamente su tanga, me dejo disfrutar a la vista ese culito que me quitaba la respiración, me acerqué por atrás y comencé a besar su cuello y espalda.

La tibieza de su piel intensificó su aroma, la excitación crecía cada vez más y mi pene se resbalaba entre sus nalgas. Mi intención no fue penetrarle en esa posición, así que con caricias y movimientos le invite a girarse para recostarnos en el sofá, pero con sus intensos ojos verdes me miro y me dijo:
– ¿Quieres penetrarme por mi culito?

Enmudecí, nunca pensé me lo preguntaría, nunca pensé ese sería el día que yo lo experimentaría con un culito, así que solo asentí son un movimiento de cabeza rayando en lo estúpido y ella sonriendo se colocó de rodillas sobre el sofá, separo sus piernas y arquero su cuerpo. A pesar de su edad, ella ya había experimentado esos placeres con culito antes y sabía lo que hacía. Yo, en cambio, me quedé pasmado frente a ella, con una erección a tope, con un deseo frenado por la ignorancia y aun cuando quise repasar lo que había leído y escuchado sobre el sexo anal, solo atinaba a pensar en ese culito y su cuerpo arqueado dispuesto a darme placer.

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No lo pensé más y me acerque, mi pene estaba más duro que nunca, de un color intenso, lo cual me erotizo más pues el contraste de su piel blanca y lo moreno de mi piel era una combinación que me pareció perfecta. Tomé mi pene y lo dirigí a su culito. Mi pene circuncidado ya estaba emanando lubricante, así que comencé a hacer pequeños círculos en la entrada de su culito, preparando la embestida.

La intensidad del momento me hizo olvidar la delicadeza y comencé a penetrar. Ella sabía de mi deseo y entendió mi inexperiencia, así que me dijo:
– Suave, por favor, primero suave… – Así lo hice, pero ella comprendió que hacía falta lubricar más su culito y me preguntó si tenía yo algún lubricante.

No pensaba salirme de ella, no quería, así que miré a mi alrededor y encontré una crema humectante de manos. Le pregunte si eso estaría bien y, dudando un poco, me dijo que la usara. Saqué mi pene y rápidamente le puse un poco.

Ella no se movió, seguía en esa posición sumamente excitante con su espalda arqueada que le hacía parar más su culito. Ya lubricado, mi miembro lo coloqué, a la entrada de su culito y volví a penetrar casi medio tamaño de mi verga.

Ella suspiro y me la pidió toda. Eso me prendió y así lo hice, pude sentir la tibieza de su culito y como la dilatación de su anito me recibía, más y más placer era lo que vivía. No lo podía creer; esa mujer, ese pedazo de mujer era mía, estaba dominada, estaba ahí, recibiéndome…

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La tomé de su cadera y comencé a moverme a ritmo lento. Ella solo gemía y empujaba sus nalgas contra mí, con una mano comencé a recorrer su espalda y aquellas caricias solo intensificaron su placer, y con el de ella el mío, o ¿acaso no excita más el placer que otorgas, que el recibido?

El ritmo se aceleró, sus nalgas chocaban contra mi pelvis y mis testículos rozaban su vagina. Ella pedía embestidas más fuertes y yo se las daba. Nuestra respiración era acompasada pero rápida, los ruidos de nuestros cuerpos y respiración se escuchaban con esa arritmia que excita.

A punto de nuestros orgasmos disminuí el ritmo para favorecer la intensidad de la penetración de su culito y pude acercar mi pecho a su espalda, solo para poder rodearle con una mano y disfrutar de sus senos que se acompasaban al choque de sus nalgas y se mecían violentamente. Aquello hizo que el éxtasis en ambos se mezclara y con exclamaciones ahogadas a media garganta ella termino solo para hacerme sentir vivo con un orgasmo de dimensiones hasta ese momento desconocidas.

Esa energía viva nos llenó y solo nos quedó el pequeño vacío de silencio en nuestros tímpanos, la exaltación de nuestra respiración y la humedad aun tibia de nuestra transpiración.

Tomé un poco de fuerza para retirar de su culito mi pene semirrecto y al salirme pude ver lo dilatado de su culto y como poco a poco su esfínter se cerraba…

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Ella solo se recostó boca abajo en el sofá y con un suspiro me miro tiernamente, mientras yo aun de pie le veía, sin entender que, desde ese día, ella me entregaría miles de momentos de placer y cosas que jamás pensé yo con ella exploraría…

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