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[es] El orgasmo de Élise fue un deluvio

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Y en mi nuevo mundo, mis sentidos se habían agudizado. Por eso la vi. Élise. Élise era un poema técnico. Sus arabesques eran líneas puras, sus giros, impecables. Pero eran versos sin sentimiento. Era como ver a un pájaro disecado en pleno vuelo: toda la forma, nada de la vida.

La observaba durante días. Veía la frustración acumulándose en la tensión de sus hombros, la forma en que se mordía el labio hasta casi hacerlo sangrar cuando, después de una secuencia perfecta, el espejo le devolvía una imagen vacía. Reconocí esa cárcel. La prisión de la perfección sin el sucio, caótico y maravilloso motor del deseo. Era un capullo cerrado con tanta fuerza que no sabía que dentro había alas. Y yo, que acababa de aprender a volar, sentí la irrefrenable necesidad de abrirlo.

La oportunidad llegó una tarde de jueves. La lluvia golpeaba los ventanales del estudio, aislando nuestro mundo del resto de París. El olor a madera, a resina y a sudor femenino era espeso, casi comestible. Una a una, las demás se marcharon, hasta que solo quedamos nosotras. Ella, frente al espejo, repitiendo un adagio con lágrimas silenciosas de rabia surcando su rostro. Y yo, en la penumbra, observándola.

Me deslicé por la sala, el sonido de mis zapatillas una caricia sobre el suelo. Me detuve a su lado, nuestros reflejos uno junto al otro. El suyo, tenso y frágil. El mío, sereno y oscuro.
– La técnica no te salvará, Élise – mi voz fue un susurro bajo, pero resonó en el silencio como un trueno. Se sobresaltó, girándose con los ojos muy abiertos, una cierva asustada.
– Clara… no te había oído.
– Porque no estabas escuchando – repliqué, acercándome un paso más.
– Estás atrapada en tu cabeza. Buscas la pasión en los pasos, cuando la pasión nace en un lugar mucho más profundo. – La rodeé como un tiburón, mis ojos recorriendo cada línea de su cuerpo agotado.
– Dime, ¿qué sientes cuando bailas?
– Siento… el músculo, la cuenta, el equilibrio… – tartamudeó.
– Mentira – siseé, deteniéndome detrás de ella. Coloqué mis manos en sus caderas, mis pulgares presionando justo en los huecos sobre sus nalgas. Se estremeció con la fuerza de una descarga eléctrica. – Sientes frustración. Sientes un vacío. Sientes un hambre que no sabes cómo nombrar. – Mi mano se deslizó por su vientre plano y tenso. – El fuego no está en la cabeza. Está aquí. – Mis dedos se detuvieron a un milímetro de la unión de sus muslos, sobre la lycra húmeda de su leotardo. Pude sentir el calor que emanaba de su centro, un volcán durmiente. – Déjame enseñarte a encenderlo. – La guié, casi arrastrándola, hasta el centro de la sala. – Nada de barras, nada de espejos. Solo tú y yo. – La senté en el suelo y me arrodillé frente a ella. – Quítate las zapatillas y las medias.

Su obediencia era deliciosa, sus manos torpes y temblorosas. Cuando sus pies desnudos quedaron expuestos, tomé uno en mis manos. Era un pie de bailarina, fuerte y maltratado, pero lo traté como una reliquia. Empecé a masajearlo, mis pulgares deshaciendo los nudos de tensión, y mis ojos no se apartaron de los suyos.

[es] El orgasmo de Élise fue un deluvio

– Esto – susurré, mientras mis manos ascendían por sus pantorrillas, por la piel sensible detrás de sus rodillas – es el principio. Tu cuerpo es un instrumento. Tienes que aprender a afinarlo.

Mis manos llegaron a sus muslos, y las apreté con fuerza, reclamando el territorio. Se le escapó un jadeo. Me incliné hacia delante hasta que nuestras caras estuvieron a centímetros de distancia.
– Tu coño ya está palpitando, ¿verdad? Puedo sentir su calor desde aquí. Estás mojada, Élise. Y no tienes ni idea de qué hacer con ello.

No esperé respuesta. La besé a Élise…

Fue un beso brutal y tierno a la vez. Un beso que no pedía permiso. Mi lengua invadió su boca, enseñándole un ritmo que no conocía, un lenguaje de dominio y deseo. Al principio se resistió, un aleteo de pánico, pero luego se derritió, su propia lengua encontrando la mía tímidamente. Cuando me aparté, sus labios estaban hinchados y rojos, sus ojos nublados por la lujuria.
– Bien – sentencié. – Ahora la lección de verdad.

La tumbé en el suelo. Su cuerpo era un mapa que yo estaba ansiosa por explorar. Con una lentitud tortuosa, enganché mis dedos en los tirantes de su leotardo y tiré de ellos hacia abajo, revelando sus pechos. Eran pequeños, con areolas de un rosa pálido y pezones que se habían convertido en dos guijarros duros. Me incliné y tomé uno en mi boca, lamiéndolo, succionándolo, mientras mis dedos jugaban con el otro. Un gemido gutural brotó de su garganta, y sus caderas se levantaron del suelo en un arco instintivo.

Seguí bajando el leotardo por su torso, por su vientre, hasta que no pude más. Me detuve justo en el borde, donde la tela elástica aprisionaba su monte de venus. La miré a los ojos.
– Quiero que lo veas conmigo. – Guié su mano hasta la mía y juntas, muy lentamente, bajamos el resto de la prenda, liberando su sexo.

Era una obra de arte. Un coño perfecto, con labios rosados e hinchados, reluciente por la humedad que ella misma había producido. El vello rubio estaba recortado con esmero, pero no podía ocultar la vida que bullía debajo.
– Míralo – ordené en un susurro ronco. – Es precioso. Está suplicando. ¿Lo oyes?. – Aparté sus labios exteriores con mis pulgares. Su clítoris, una perla rosada y sensible, se estremeció al contacto con el aire. – Este es el centro de tu fuego. De aquí nacerá tu arte. –Y entonces, hundí mi cara entre sus piernas.

[es] El orgasmo de Élise fue un deluvio

El olor me golpeó primero: almizcle, sudor y una dulzura puramente femenina que me embriagó. Pasé la lengua en una sola caricia larga y húmeda, desde su perineo hasta su clítoris, y Élise gritó. Un grito agudo, quebrado, de puro placer y shock.

Ahí empezó mi verdadero trabajo. No era solo lamer; era componer una sinfonía en su carne. Mi lengua era a veces ancha y plana, cubriendo toda la superficie de su vulva, probando cada pliegue. Otras veces, era puntiaguda y dura, atacando su clítoris con golpes rápidos y certeros que la hacían convulsionar. Metí dos dedos dentro de ella, sintiendo cómo sus paredes se contraían a mi alrededor, apretándome. Su conejo estaba empapado, caliente, vivo.
– Clara… por favor… voy a… – balbuceó Élise, su cuerpo retorciéndose bajo mi boca. –Levanté la cabeza, mis labios brillantes con sus fluidos. La miré con una sonrisa depredadora.
– Todavía no. Aún no me has dado todo lo que tienes.

Volví a bajar, pero esta vez con una crueldad deliberada. La llevé a Élise al borde del orgasmo una y otra vez, lamiéndola hasta que sus gemidos se convirtieron en súplicas incoherentes, y justo cuando estaba a punto de caer por el precipicio, me detenía. Me apartaba apenas unos milímetros, lo suficiente para que la tensión se volviera una agonía insoportable.
– Suplícame – le ordené, mi aliento caliente contra su clítoris. – Dime que quieres que te haga correr. Dime que necesitas mi boca en tu coño ahora mismo.
– ¡Por favor, Clara, por favor, cómete mi coño… no aguanto más! – gritó Élise, sus últimas defensas hechas añicos.

Esa fue la rendición que yo esperaba. Sonreí contra su piel y le di lo que pedía. Mi lengua se volvió un taladro, mi boca la succionó con fuerza y mis dedos se hundieron más profundo, buscando su punto más sensible. Encontré el interruptor y lo pulsé sin piedad.

[es] El orgasmo de Élise fue un deluvio

La explosión fue total. Su cuerpo se arqueó de una forma que desafiaba la anatomía, un grito desgarrado escapó de sus pulmones, y entonces se corrió. No fue un orgasmo delicado. Fue un diluvio. Un torrente caliente y abundante que me empapó la cara, que corrió por sus muslos hasta el suelo de madera. Su cuerpo fue sacudido por una serie de espasmos violentos, cada uno arrancándole un nuevo gemido, mientras yo seguía lamiéndola, bebiéndome su placer, negándome a que terminara.

Cuando el último temblor la abandonó, se quedó inmóvil, un desastre hermoso y tembloroso en el suelo del estudio. Me incorporé lentamente, limpiándome la boca con el dorso de la mano, sin apartar mis ojos de los suyos. En ellos ya no había miedo ni confusión. Solo había adoración.

Me incliné y le di un último beso, profundo y lento, haciéndola probar el sabor de su propio orgasmo en mi boca. Le tendí la mano.
– Levántate, bailarina – mi voz era suave ahora, posesiva. – La lección ha terminado. – Mientras Élise se ponía de pie, con las piernas aún débiles, la abracé por detrás, mis labios en su oído. – Mañana, y todos los días después de este, cuando bailes, no pensarás en la técnica. Pensarás en esto. En el recuerdo de mi lengua entre tus piernas, en cómo se siente perder el control. Bailarás desde tu coño, Élise. Y serás magnífica.

La solté. Mientras ella recogía sus cosas en un trance, mi mirada se encontró con la puerta cerrada de la oficina de Madame Dubois. No necesitaba verla para saber que, de alguna manera, ella había estado observando. Que sonreía. La alumna se había convertido en maestra. La lección había sido transmitida. Y una nueva artista había nacido esa noche, bautizada en el fuego del deseo femenino.

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