[es] [slave-girl] Marina estaba perdida, sumisa por completo
Marina se quedó helada, con el rostro aún pegajoso por el semen que no había podido limpiarse del todo, y el sabor salado impregnándole la lengua. Sus ojos, enrojecidos por las lágrimas y la humillación, se clavaron en el suelo de la alfombra, donde gotas blancas y viscosas salpicaban como evidencia de su rendición.
El corazón le latía desbocado, un tambor de pánico que resonaba en sus oídos. ¿Cambiar el trato? ¿Qué demonios significaba eso? Ya le había dado lo que pedía, se había tragado su orgullo – y parte de su carga – para que se largara. Pero ahí estaba él, Pedro, con esa sonrisa torcida de depredador saciado a medias, la verga aún semirrecta colgando entre sus piernas oscuras y musculosas, reluciente por su propia saliva.
– N-no… por favor – balbuceó Marina, la voz ronca de tanto sorber y tragar. Se incorporó un poco sobre las rodillas, instintivamente cubriéndose los pechos con los brazos, como si eso pudiera borrar la forma en que sus pezones traidores se erguían, duros y sensibles al roce del aire. Su concha… Dios, su concha palpitaba, húmeda y traicionera, un calor líquido que se extendía por sus muslos internos a pesar del terror que le atenazaba el estómago.
Odiaba su cuerpo por eso, por responder a la fuerza bruta como si fuera un juego sucio que secretamente anhelaba. “Solo quiero que se vaya”, se repetía en la mente, pero el pulso entre sus piernas la desmentía.
Pedro soltó una carcajada baja, gutural, como un ronroneo de bestia. Se agachó un poco, agarrándola por la barbilla con dedos ásperos que olían a sudor y a ella misma. La obligó a mirarlo a los ojos, esos ojos negros que brillaban con una lujuria renovada.
– Ay, ricurita, ¿crees que con esa boquita de ángel me vas a dejar así de fácil? – murmuró, pasando el pulgar por sus labios hinchados, untándolos de nuevo con el residuo de su corrida. – Te vi en la ducha, sobándote como una puta en celo. Ese culito… mmm, ese culito respingón me tiene loco. El trato se amplía, perrita. Vas a darme todo, que tengo ganas de cogerte, y si te portas bien, quizás te deje ilesa. ¿Entiendes?
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Marina negó con la cabeza, un movimiento débil, casi mecánico.
– Por favor, no… ya le di lo que quería. Llévese mi teléfono, mi dinero, lo que sea. Pero no… no me haga más daño. Mi… mi marido… – Intentó la mentira de nuevo, pero su voz se quebró, y Pedro solo rio más fuerte, sabiendo que era puro humo.
– Tu marido, eh? El mismo que no existe, como las joyas en esta pocilga. – Con un movimiento rápido, la levantó del suelo como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándola por la cintura.
La arrojó sobre la cama deshecha, el colchón hundiéndose bajo su peso. Marina rodó instintivamente, tratando de gatear hacia el borde, pero él fue más rápido. La atrapó por las muñecas, retorciéndolas con esa malla que encontró tirada en el suelo – la misma que ella usaba para usar en la casa – y la ató al cabecero con nudos firmes, de esos que había aprendido en sus “trabajos” de construcción.
Marina estaba inmovilizada, los brazos por encima de la cabeza, el cuerpo expuesto como un banquete…
– No, por favor… suéltame – suplicó Marina, retorciéndose, las lágrimas rodando frescas por sus mejillas. Pero su voz era un hilo, y en el fondo, el miedo a enfadarlo la mantenía quieta. Sabía que un grito de rabia de él podía terminar en sangre; había visto el filo de esa navaja antes, fría contra su cuello.
Así que se mordió el labio, sumisa, mientras él se quitaba la camisa sudada, revelando un torso marcado por músculos duros y cicatrices de una vida jodida. Pedro se trepó a la cama, arrodillándose entre sus piernas abiertas a la fuerza. Su verga ya estaba endureciéndose de nuevo, hinchándose como una amenaza viviente.
– Shh, relájate, zorra. Vas a gozar esto más de lo que admites. – Rozó la cabeza contra su entrada, y Marina jadeó: estaba empapada, los labios de su concha hinchados y resbaladizos por la excitación no deseada. Empujó despacio al principio, abriéndola centímetro a centímetro, el grosor de él estirándola hasta el ardor.
– Ahhh! No… duele… por favor, despacio – gimió Marina, arqueando la espalda no por placer, sino por instinto de escape. Pero su cadera se elevó un poco, traidora, acogiéndolo más profundo.
Él gruñó de satisfacción, hundido hasta la base, y comenzó a bombear. Embistes lentas y profundas al inicio, golpeando ese punto sensible dentro de ella que la hacía ver chispas.
– Mira cómo chupa mi verga, putita. Estás hecha para esto. – Sus manos callosas se clavaron en sus caderas, guiándola, obligándola a un ritmo que su cuerpo seguía sin permiso.
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Marina cerraba los ojos con fuerza, negando en su mente – no, no quiero esto, no… Pero el placer crecía como una marea, un cosquilleo ardiente en su vientre que se extendía a sus pechos, a sus pezones rozando el aire. Intentó resistir, apretando los dientes, pero el primer orgasmo la traicionó: explotó en oleadas, sus paredes contrayéndose alrededor de él en espasmos incontrolables.
– No! Por favor, ¡para! – lloró, pero sus piernas se enredaron en su cintura, atrayéndolo más adentro, y un gemido gutural escapó de su garganta.
Pedro aceleró, sudando sobre ella, el sonido de carne contra carne llenando la habitación como un tambor obsceno.
– Así, perra, córrete para mí. Sé que te encanta. – Otro clímax la sacudió pronto, más violento, dejando su cuerpo convulso y su mente nublada en un shame de éxtasis. Lágrimas calientes rodaban, pero su concha chorreaba, empapando las sábanas.
No le dio tregua. Con un gruñido animal, la volteó boca abajo, las manos aún atadas, poniéndola de rodillas con el culo en pompa. Marina sollozó contra la almohada, el rostro hundido en el olor a sexo y lágrimas.
– No… por favor, no ahí. Te lo suplico, no por favor… – jadeó, el terror puro helándole la piel. Sabía lo que venía; lo sentía en el roce de sus dedos, untados en sus propios jugos de la concha, probando su entrada trasera. El ano apretado se contrajo por instinto, pero el miedo a su ira la mantuvo quieta, sumisa como una oveja al matadero.
Pedro no era un bruto sin finesse; sabía que, para disfrutarlo a fondo, tenía que prepararla, aunque fuera a su manera egoísta.
– Shh, ricurita, no te tenses tanto. Voy a hacer que te abra como una flor – murmuró, con esa voz ronca que era mitad amenaza, mitad promesa sucia. Tomó más de sus fluidos resbaladizos, mezclados con saliva que escupió directamente sobre su ano, y comenzó a masajear el anillo apretado con el pulgar, círculos lentos y firmes.
Marina se mordió el labio hasta sangrar, el cuerpo rígido.
– Por favor… no, duele solo con tocar… sácame de aquí – suplicó, pero él ignoró, presionando el dedo índice lubricado contra la resistencia.
Entró despacio, solo la yema al principio, y ella jadeó, un sonido entre sollozo y sorpresa. El ardor era intenso, invasivo, pero él lo movía con cuidado, entrando y saliendo en un ritmo hipnótico, curvándolo para rozar paredes sensibles que enviaban chispas inesperadas a su clítoris.

– Relájate, puta… siente cómo te abro – gruñó, agregando un segundo dedo después de unos minutos, estirándola más, el dolor fundiéndose con una plenitud extraña que la hacía temblar. Usó su propia saliva de nuevo, escupiendo sobre los dedos que ahora bombardeaban su ano con embistes cortos, lubricados por el sudor y sus jugos traidores. Marina negaba con la cabeza contra la almohada, lágrimas empapando la tela.
– No… por favor, basta… no lo soporto – mentía a medias, porque su concha chorreaba más, el calor extendiéndose como veneno dulce. Él rio bajito, incorporando un tercer dedo – imposible, pensó ella – pero lo hizo con paciencia brutal, abriéndola centímetro a centímetro hasta que su ano cedía, palpitante y resbaladizo.
El placer prohibido crecía, un pulso sordo que la horrorizaba; su cuerpo se arqueaba ligeramente, pidiendo más sin permiso…
Satisfecho con la preparación, Pedro alineó su verga hinchada, la cabeza gruesa presionando contra el ano ahora laxo y untado.
– Ahora sí, zorra. Vas a darme ese culito entero – masculló, empujando con lentitud agonizante. El dolor regresó como un latigazo al principio, rasgándola al entrar, y Marina gritó ahogado en la almohada, las uñas clavándose en las sábanas.
– Ahhh! Duele… no, por favor, sácamela… te lo ruego – suplicó, el cuerpo rígido de puro pánico. Pero él pausó, solo la cabeza dentro, dejando que se acostumbrara, sus dedos ahora masajeando su clítoris hinchado para distraerla.
El roce la traicionó: un gemido involuntario escapó, y Pedro aprovechó, hundiéndose más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo enterrado por completo, la plenitud abrumadora mezclándose con el ardor residual.
Comenzó a moverse, embistes cortos y superficiales al inicio, saliendo casi del todo para volver a entrar con cuidado, el sonido húmedo de la fricción llenando el aire. De perrito, era humillante, su culito respingón tragándoselo todo mientras él gruñía como un poseído, sus manos amasando las nalgas para abrirla más.
– Mmm, qué apretadita, puta. Te encanta, verdad? – Sus caderas chocaban contra las de ella en un ritmo creciente, profundo ahora, cada penetración rozando nervios ocultos que la hacían ver estrellas. Marina mordió la almohada para no gemir.
– No… por favor, no más… duele tanto – mintió a medias, pero su voz se quebró en un moaned cuando el primer orgasmo anal la golpeó, sus músculos contrayéndose alrededor de él en pulsos que lo hicieron jadear. Grito ahogado, temblores incontrolables, y un chorro caliente escapando de su concha ignorada, empapando sus muslos.
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Pero él no paró; al contrario, ralentizó para prolongarlo, embistes largos y tortuosos que la mantenían al borde, construyendo otro clímax sin prisa. Diez minutos así, quizás más, su ano adaptándose, palpitando en torno a la invasión, el placer volviéndose adictivo a pesar de las súplicas ahogadas:
– Por favor… ya no puedo… – Pero su cadera empujaba atrás, traidora, buscando la fricción que la desarmaba.
Pedro no paró. La desató y levantó con rudeza, sentándola a horcajadas sobre él en vaquera, su verga resbaladiza por el sudor, sus jugos y la saliva volviendo a invadir su ano. Ahora era ella arriba, pero sus manos en su cintura dictaban el ritmo, obligándola a bajar y subir como una muñeca rota.
– Cabalga, zorra. Muéstrame cómo te gusta ese culito follado. – El ángulo era brutal, la fricción rozando todo, profundo y constante, y Marina sollozó:
– Por favor… no puedo… duele todavía… – Pero sus caderas molían, girando instintivamente, los pechos rebotando mientras él los atrapaba, chupando pezones con dientes que la hacían arquearse.
El placer era un torbellino, inevitable; subió y bajó con lentitud al principio, guiada por él, sintiendo cada vena de su polla estirándola, el ano ahora sensible y hambriento. Minutos se estiraron en una eternidad de subidas y bajadas, su clítoris rozando su vientre peludo con cada descenso, acumulando tensión hasta que otro orgasmo la atravesó, salvaje, haciendo que se corriera de nuevo, el cuerpo convulso sobre él mientras lágrimas de vergüenza caían en su pecho.
– No! Dios, por favor, para ya! – lloró, pero no se detuvo, moliéndose más rápido, prolongando las olas hasta que jadeaba sin aliento, el ano contrayéndose en espasmos que lo ordeñaban.
– Joder, sí… qué rico te sientes – gruñó Pedro, empujando desde abajo con furia controlada, extendiendo la sesión en vaquera con embistes ascendentes que la hacían gritar.
Pero quería más control, más dominio. La volteó de nuevo, de perrito una vez más, y esta vez la prolongó sin piedad. Embistió como un pistón, pero variando: rápido y superficial para avivar el fuego, luego profundo y lento para torturarla, sus dedos volviendo a su clítoris para mantenerla al límite. Marina estaba perdida, sumisa por completo, el miedo disuelto en un mar de sensaciones sucias.
– Tómamelo todo, puta – ordenó, y su cuerpo obedeció, caderas empujando atrás para más, el ano ahora laxo y resbaladizo, acogiendo cada embiste como si lo anhelara. Veinte minutos, quizás, de esa danza obscena: él saliendo casi del todo para escupir más saliva y hundirse de nuevo, ella sollozando súplicas entre gemidos:
– No… por favor, ya basta… ahhh, Dios…– pero su cuerpo traicionero respondía con contracciones que lo volvían loco. El clímax final los alcanzó juntos, después de una eternidad de fricción ardiente: el de él, caliente y abundante, llenándole el interior en chorros que goteaban por sus nalgas; el de ella, un estallido múltiple que la hizo colapsar, gritando en un éxtasis roto que la dejó temblando, exhausta, el ano palpitante y vacío cuando él se retiró.

Quedó allí, jadeante, con su peso aplastándola contra el colchón, el semen caliente filtrándose entre sus piernas. El terror volvía en oleadas frías, pero por ahora, solo podía cerrar los ojos y rendirse a la sensación que su carne le imponía, avergonzada hasta el alma. ¿Qué vendría después? Rogaba que nada, que se fuera y la dejara en pedazos. Pero en el fondo, una vocecita traidora susurraba que, quizás, una parte de ella ya lo extrañaba.
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